Historia
Según Menéndez Pidal, el topónimo de Ugena, puede derivarse de los antropónimos USTIUS y USIUS, de origen prerrománico, a los que se añadiría el sufijo ENA, lo que nos indica una población muy antigua, tal vez ibérica y celta.

Así se llegaría a la dominación romana, durante la cual sería una "villa" llamada UXENE (cuyo significado es tierra abundante en helechos). Se mantendría vigente en tiempos de los visigodos, permaneciendo luego la población bajo el dominio islámico, población desde luego mozárabe.

Ugena y su territorio, primero perteneció a Illescas, por la reconquista del territorio de Alfonso VI (1072-1109); luego pasa al Arzobispo de Segovia (hasta 1154 que se las cambia a Alfonso VII); vuelve de nuevo a Illescas, y como tal a la iglesia de Toledo, por disposición testamentaria de Sancho III (1158-1575); Illescas y sus términos fueron secularizados en 1575; según Escritura de 25 de noviembre de 1660, el rey la vende al Conde de la Roca.

Éste inicia en 1662 la construcción de una casa-palacio en Ugena para albergar al rey Carlos II. Al morir el Conde, su viuda deja en herencia el señorío de Ugena, a su primo el Arzobispo de Toledo, que a su muerte en 1709, se lo deja al Hospital de La Anta Cruz; estos patronos lo venden en 1735 a D. Juan Francisco de Goyeneche, que también recibe el título de Marqués de Ugena.

No deseando vivir bajo el señorio nobiliario, la villa de Ugena solicitó su incorporación a la Corona, que se declaró en el año 1780.

Volviendo a la casa-palacio, era de una sola planta, con ancha puerta de buena construcción y con escudo blasonado de los dueños, flanqueado por dos torreones cubiertos con sendos capiteles, y en uno de ellos un reloj. Estaba rodeado de árboles, jardines con una fuente y cerca había un gran olivar. Fue reconstruido en 1857 y fue descanso con frecuencia de gran parte de la Corte española del S. XVIII.

La propiedad pasó por varios aristócratas para terminar en manos d eun labriego, que lo utilizó como cuadra y pajar, para terminar derribándole para aprovechamiento de sus materiales. A pesar de la campaña que emprendió el Ayuntamiento para evitar su destrucción, el ministro autorizó el derribo por Orden de 27 de noviembre de 1920.

Hoy solo quedan en pie sus muros exteriores con el escudo blasonado de los dueños.
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